[El Municipi. BIM, núm. 39, desembre 1999, pp. 22-23]

Cuando el erudito Carlos Sarthou Carreres estaba preparando el volumen sobre la provincia de Castellón de la “Geografía General del Reino de Valencia”, y siendo secretario del juzgado de Burriana, tuvo oportunidad de ver “en la casa nº 13 de la plaza San Fernando de Burriana, formando parte del enlosado del corral, una hermosa lápida de mármol rosa, con inscripción romana”.

Pero antes de publicarla en la mencionada obra, dio a conocer la noticia en la “Revista de Castellón” (1912), en donde cuenta que “según manifestación de la dueña de la casa, hace diez y seis años, unos jornaleros cavando un huerto de la Partida de las Alquerías del Niño Perdido encontraron unas piedras entre las que había cráneos humanos, tibias y otros huesos, y la losa sepulcral, que sin estimarle más mérito que la belleza del mármol, la trajeron a la antedicha casa para sumarla a las demás losas del pavimento del corral”.

La casa donde Sarthou vio la lápida pertenecía a D. Francisco Mingarro Domingo, el cual, como nos dirá el Cronista Traver en su obra inédita sobre Les Alqueries (1920), la encontró “cavando en un huerto de su propiedad en la Partida del Niño Perdido, entre sepulturas antiguas”.

El huerto se halla en el llamado “pany de la Caragola”, apodo con el que se conoce a esta familia, que se encuentra en la parcela nº 364, situado en la actual calle Virgen de la Rosa nº 45-47. El lugar del hallazgo de la lápida coincide, al parecer, con el antiguo emplazamiento del pany que, a mediados del pasado siglo, se cambió de donde ahora se conoce por encontrarse situado en el mismo trazado de la vía del tren cuando entonces se estaba construyendo.

Según declaraciones de su actual propietario D. Vicente Mingarro Aymerich, recogidas en el nº 67 de la revista “Buris-Ana”, la lápida “fue hallada por su abuelo, en posición horizontal, sobre el centro de la parte superior de una tumba”. La tradición fija en este lugar un “cementeri del moros”. Como sabemos, era tópico de la tierra atribuir “a tiempos de los moros” todo lo que era antiguo. Será la casualidad la que nos descubrirá la existencia de un cementerio romano donde la versión popular ya conocía la existencia de enterramientos antiguos que atribuía a los moros, sin duda alguna porque nuestros antepasados debían saber muy poco de la civilización romana.

Se tratará pues, como dirá después el mismo Sarthou en su obra sobre la provincia de Castellón, de una inscripción funeraria romana que “se encontró a fines del pasado siglo en un cementerio romano descubierto en las Alquerías del Niño Perdido” que, según Beltrán Lloris en su “Epigrafia Latina de Saguntum y su Territorium” (1980), apareció “con los restos de una tumba de inhumación sin ajuar, que formaba parte de una necrópolis más amplia”.

De este modo, la aparición de “una sepultura romana con una lápida de mármol rosa”, como dirá Roca y Alcaide en su “Historia de Burriana” (1932), “en un huerto de la Partida de las Alquerías del Niño Perdido, entre varias sepulturas de un cementerio romano”, como escribirá el padre Fita en el Boletín de la Real Academia de la Historia (1914), levantará nuestra sospecha sobre la existencia de un amplio yacimiento romano que de nuevo la casualidad se cuidará de poner de manifiesto.

Por el testimonio directo de D. Vicente Ramón Molés Ros, Síndico emérito de Cap de Terme, se sabe que en otra propiedad del Sr. Mingarro, al otro lado de la vía, parcela 150b del plano de situación, al abrirse zanjas para trabajos agrícolas, aparecieron construcciones de gran factura “d’obra vella”.

En este sentido, D. Vicente Mingarro nos dice personalmente, que al arrancar un naranjo aparecieron, a la profundidad de un metro, en mitad de la parcela y a unos 2’5 metros del canal de riego, unas piedras de sillería de considerable envergadura que conformaban como unos rellanos de escalera.

Al respecto, en el mismo número de la revista “Buris-Ana” (1963), se dice que “no hace mucho, moviendo la tierra, fue hallada, a un metro de profundidad, una superficie plana y cuadrada de unos ochenta centímetros de lado, construida con piedras irregulares, semejantes a las que trababan la vía y unidas con argamasa a base de cal. Queriendo saber lo que dentro ocultaba, intentaron el Sr. Mingarro y cuatro hombres más perforar dicha superficie, mas viendo su tenaz resistencia, decidieron atacarla por las aristas. Pasaron varias horas turnándose en el duro trabajo, pero todo era inútil; aquello no era frágil losa, sino un firme pilón que se hundía en la tierra, y los duros y enérgicos golpes rebotaban en el fuerte macizo. No tuvieron más remedio que rendirse y declararse impotentes, recubriéndolo de nuevo con tierra. Resultado de aquellas largas horas de inútil esfuerzo es un pequeño montón de astillas de piedra que aún yace apilado contra el tronco del árbol más próximo. Por los trozos de piedra examinados podemos ya desde ahora certificar sus milenarios orígenes”.

Ilustración 1Plànol insert al número 41 de ‘El Minicipi. BIM’, de juny de 2000.

Plànol insert al número 41 de ‘El Municipi. BIM’, de juny de 2000.

Unos dos años después, en I 965, el arqueólogo Norberto Mesado, contando con la colaboración del propietario, procedió a realizar nuevas ¡ndagaciones que tuvo que suspender por considerar el dueño que ponían en amenaza los árboles más próximos. Según testimonio del propio arqueólogo, dieron con una construcción de conglomerado de “bolos” soldados con dura argamasa en la que se apreciaba en descenso dos escalones sobre los que se recogieron varios fragmentos de cerámica correspondientes a los siglos Vlll-X, que se guardan en el depósito del Museo de Burriana.

Estas edificaciones podrían pertenecer a la denominada “Villa romana de la Regenta” de la que se tienen noticias circunstanciales desde el pasado siglo, cuando por las transformaciones agrarias del momento surgieron a la luz vestigios de tipo estructural y bastantes fragmentos de cerámica, restos de tejas romanas y hasta se habla de algún mosaico.

Sabemos que en la actualidad, en esta zona, aparece dispersa gran diversidad de materiales cerámicos, lo que apunta a la existencia en este lugar de un importante asentamiento humano que contaría, por un lado, con una zona residencial, quizá una villa rural importante y, por otro, con un lugar de enterramientos, que se corresponderían, por una parte, con las edificaciones encontradas debajo de la vía férrea y, por otra, con la necrópolis a la que pertenecería la lápida encontrada.

La lápida en cuestión, se trata de una estela funeraria rematada por un frontón, en la actualidad algo roto, que contiene la inscripción dentro de cartela ansada. Falta el ángulo inferior derecho, pero no afecta al conjunto de la misma. Es de caliza/ mármol rosáceo, ligeramente vetada de color más intenso. Mide 46 centímetros de alto, 33 de ancho y 4 de grueso en la Parte superior por 5 en la inferior.

Beltrán Lloris le da una datación “posterior al s. ll d.C., probablemente incluso del s. III”.

Son varias las lecturas que se le han dado, parece que el padre Fita dio una lectura correcta, siendo las demás inexactas, según Beltrán Lloris. Lo que viene a confirmar también el profesor Josep Corell.

La inscripción dice: D (s) M (anibus) / C (aius) ANTON (ius) LE/O PARD/AE UXORI.

Es decir: “A LOS DIOSES MANES. CAYO ANTONIO LEON A PARDA, SU MUJER”.

Según esto, Cayo León le dedica a Parda, su mujer que ha fallecido, esta inscripción que coloca sobre su sepultura.

Esta lápida se conserva actualmente en la calle Marí nº 31, anteriormente calle San Francisco. La explosión del campanario de Burriana en el año 1938 afectó también a la casa del Pla o plaza San Fernando donde se encontraba, lo que aprovechó un señor de Burriana que iba tiempo tras ella para cogerla y llevársela a Madrid, donde tras varias gestiones el hijo del dueño don Francisco Mingarro Enrique logró recuperarla y desde entonces se conserva en su actual emplazamiento. Existe, asimismo, una reproducción en escayola en el Museo Arqueológico Comarcal de la Plana Baixa de Burriana.

Sabemos, pues, que en la Partida de les Alqueries, “se señala un cementerio romano del que se conserva una lápida” como apunta Fletcher Valls en el Boletín de la Castellonenca (1955), lo que invita a realizar intervenciones tanto en el lugar de su hallazgo como en el yacimiento indicado para su debido conocimiento, protección y registro en una “Carta arqueológica” de les Alqueries que debería comenzar a redactarse.

Alberto Ventura Rius

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